El Recao

OPINIÓ. JOSE MARIA CÓRDOBA. Ciutadans Lleida

El Recao

Cuando uno se va haciendo mayor y tira de recuerdos, es curioso como siempre viene a la memoria lo mejor de cada instante, o eso es lo que me pasa a mí.

La tarde del 2 de noviembre de 1937, unos nueve bombarderos italianos Saboia S-79 despegaron del Aeródromo de Zaragoza para dirigirse a Lérida, en un ataque por sorpresa (según el parte de guerra «nacional» el objetivo era un puente sobre el rio Segre). Por alguna razón desconocida, las sirenas antiaéreas no sonaron la tarde de aquel día, lo que provocó que el bombardeo pillase totalmente por sorpresa a los civiles. «En pocos segundos la ciudad se convirtió en un infierno y sus calles en un campo sembrado de cadáveres». Las bombas de los aviones cayeron en numerosos puntos del casco urbano, especialmente en los alrededores del Pont Vell, el Carrer Mayor, el Mercat de Sant Lluis, la sede local del Banco de España y el Liceo Escolar. En esta escuela, más de 60 alumnos de edades comprendidas entre los 9 y los 13 años quedaron sepultados bajo los escombros. Una de las bombas alcanzó de lleno un autobús repleto de viajeros en medio del puente del río Segre. No hubo supervivientes.

Por supuesto este no es el recuerdo que yo viví y seguro que tampoco encontraría nada bueno en el, pero el pasado 2 de noviembre se cumplían 83 años de este desgraciado acontecimiento vino a mi memoria un recuerdo que nunca olvidaré.

Tendría yo poco más de 16 años, en aquel tiempo me dedicaba a las labores agrícolas y una de ellas era la recogida de la aceituna, en aquel tiempo había una costumbre que ahora se ha perdido por la cual los vecinos nos ayudábamos los unos a los otros y de esa manera la labor se hacía más amena y el ahorro de mano de obra era considerable, como decía estábamos en plena época de recogida de la aceituna y mi grupo consistía a parte de mi persona, en el sr. Domingo y el s. Argemiro, (si levantaran cabeza  me dirían “señor ostias”, pero soy de la vieja escuela y las costumbres cuestan mucho perderlas), pues bien, este último era un hombre muy peculiar tanto física como personalmente, me refiero al sr Argemiro, mediría poco mas de 1,60 cm brazos y piernas fuertes, mirada perdida y un carácter que le hacía ser el abuelo que todos hubiésemos querido tener, trabajador, risueño, afable, pero eran sus ojos los que te hipnotizaban.

El era el encargado del grupo de hacer la comida y su mejor y único plato era “el recao” que consistía en recoger lo que el huerto daba en ese momento, cebolla, patata, setas, caracoles, tomates y recuerdo que en una ocasión cogió un pichón que también metió en “la perola” y que cocía todo junto, también recuerdo que había una forma muy peculiar de comerse este manjar, que consistía en que la perola se colocaba en medio y que armados con una cuchara cada uno comenzábamos del borde mas cercano de cada comensal y terminábamos en el medio.

Pero lo mejor venia al final, después de comer y junto al fuego tanto el sr Domingo como el sr Argemiro contaban sus batallitas y competían haber que la había hecho más gorda, un día el sr Argemiro se quedó un rato mirando al fuego y callado, yo creía que era el efecto hipnotizador que este ejerce pero de repente levantó la mirada y comenzó a contar la historia mas dura que he escuchado nunca, era una experiencia que le toco vivir durante la guerra civil española, recordaba como con 19 años le dieron un lanzallamas y que después del primer ataque a el le tocaba pasar por las trincheras a “freír”, palabras textuales, a los que quedaban escondidos en los agujeros que ellos cavaban para protegerse de los ataques aéreos y que el recuerdo que nunca se le olvidaría seria el olor a pelo y carne quemada, después de contar la historia volvió a mirar al fuego y lloró como un niño.

Son estas historias y las que me contaron los supervivientes del bombardeo del Liceo las que me hace recordar las palabras de un tal Bonaparte que decía que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

JOSE MARIA CÓRDOBA. Ciutadans Lleida 

 

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