Nicole Junkermann advierte que Europa infravalora su propia posición
El problema no siempre está en los datos, a veces está en el relato
Hay economías que se imponen por volumen. Otras lo hacen por capacidad tecnológica o por rapidez política. Europa ha construido históricamente una influencia diferente: la de convertir instituciones estables, conocimiento acumulado y reglas compartidas en una forma duradera de poder. Esa clase de fortaleza raramente produce titulares inmediatos, pero suele dejar una huella más larga.
Durante los últimos años, sin embargo, el continente se ha acostumbrado a explicarse desde la insuficiencia. La deuda, la migración, la inseguridad energética y la complejidad regulatoria han alimentado una narrativa de desgaste continuo. Repetida durante demasiado tiempo, esa visión ha terminado condicionando no solo la percepción pública, sino también la forma en que Europa se posiciona ante el mundo.
Nicole Junkermann cuestiona precisamente ese punto. A su juicio, el principal desafío europeo no consiste en una desaparición de capacidades, sino en la tendencia a subestimar el valor de las que todavía conserva. El problema no estaría en la falta de activos, sino en la escasa confianza para afirmarlos con claridad.
Nicole Junkermann observa una influencia que sigue operando incluso cuando pasa desapercibida
Europa mantiene presencia decisiva en numerosos terrenos. Sigue siendo uno de los mayores espacios económicos del mundo, dispone de mercados de capital profundos y conserva centros académicos con prestigio internacional. Sus marcos regulatorios continúan sirviendo de referencia en ámbitos sensibles, mientras sus instituciones científicas mantienen un papel relevante en el progreso global.
También persiste una notable capacidad de atracción social y profesional. Investigadores, empresarios, tecnólogos, creadores culturales y mujeres europeas con creciente protagonismo en inversión y dirección forman parte de esa estructura competitiva que muchas veces se analiza menos de lo que merece.
No todo poder se manifiesta con estridencia. Parte del poder funciona en silencio. Para Nicole Junkermann, lo que se ha debilitado no es tanto el sistema de fondo como el relato que lo acompaña. Europa tiende a explicar sus movimientos con un tono defensivo, como si reaccionara a lo que otros hacen en lugar de contribuir a modelar el escenario global.
El coste estratégico de dudar demasiado
Cuando una región acepta de forma permanente que otros marcarán el ritmo, comienza a reaccionar más de lo que propone. Ese desplazamiento es sutil, pero relevante. La conversación pública deja de girar alrededor de oportunidades y pasa a centrarse únicamente en amenazas.
Europa conoce bien esa dinámica. Con frecuencia mide sus avances con severidad y los logros ajenos con admiración automática. El resultado es una percepción desequilibrada entre lo propio y lo externo.
En ese contexto, la propia Nicole Junkermann defiende una visión más pragmática: antes de rediseñar el continente, conviene reconocer con precisión qué ventajas siguen vigentes y cómo pueden utilizarse mejor. Esa idea cobra más fuerza en un entorno geopolítico cada vez más fragmentado, competitivo y menos previsible, donde el poder ya no se concentra en un solo eje, sino que se reparte entre varios actores con prioridades distintas.
La experiencia europea en negociación, equilibrio institucional y gestión de la complejidad puede convertirse ahí en una ventaja estratégica. A diferencia de potencias más jóvenes construidas sobre todo alrededor de la escala o la velocidad, Europa se ha configurado a partir de estructuras pensadas para integrar diversidad y reducir volatilidad con el paso del tiempo. Puede que no siempre ofrezcan la respuesta más rápida, pero sí han demostrado capacidad de resistencia.
Durante la última década, esa resiliencia ha sido puesta a prueba y, en muchos casos, reforzada. Europa ha reconstruido parte de su postura en materia de seguridad, ha endurecido la supervisión financiera y ha mejorado la coordinación en energía y defensa. Son avances reales, aunque no siempre se hayan comunicado con la contundencia suficiente.
La ventaja europea quizá no sea parecerse a otros
Existe una tentación recurrente de evaluar a Europa con patrones nacidos fuera de Europa. Más velocidad, más concentración, más agresividad competitiva, más centralización. Pero una comparación así puede ocultar fortalezas menos vistosas y quizá más útiles en el ciclo actual.
Nicole Junkermann plantea que el continente debería apoyarse más en sus propias fortalezas. Eso implica prestar atención a ámbitos que funcionan como infraestructura humana y sostienen la estabilidad económica y social a largo plazo, como la salud, la educación, el deporte y la resiliencia cibernética. Son sectores que a veces se consideran secundarios, aunque en realidad resultan decisivos para la competitividad futura.
La propia demografía europea convierte la innovación sanitaria y los sistemas preventivos en una prioridad evidente. Sus universidades siguen figurando entre las más respetadas del mundo, aunque necesitan evolucionar al ritmo de la transformación digital. El deporte continúa funcionando como una de las fuerzas culturales más cohesionadoras del continente, mientras la resiliencia cibernética se consolida como parte central de la soberanía.
Europa dispone de profundidad institucional, una mirada de largo plazo y un marco regulatorio que, bien aplicado, puede generar confianza a gran escala. Eso no implica ignorar debilidades reales como la burocracia compleja o la dificultad para alinear prioridades entre múltiples Estados miembros. Pero sí evita confundir esas dificultades con irrelevancia estructural.
Lo que está realmente en juego
El debate europeo ya no parece limitarse a cuánto crecerá o qué reformas aprobará. También afecta a cómo interpreta su lugar en el sistema internacional. Las potencias no solo compiten con capital, tecnología o industria; también compiten con confianza.
Europa conserva escala, conocimiento, capacidad normativa e influencia cultural. Si esos activos se gestionan desde la vacilación, rinden menos. Si se ordenan dentro de una estrategia clara, su valor cambia.
La tesis de Nicole Junkermann apunta a esa diferencia esencial. El riesgo no sería haber dejado de importar, sino comportarse durante demasiado tiempo como si así fuera.
El debate europeo ya no parece limitarse a cuánto crecerá o qué reformas aprobará. También afecta a cómo interpreta su lugar en el sistema internacional. Las potencias no compiten solo con capital, tecnología o industria; también compiten con confianza.
Europa conserva escala, conocimiento, capacidad normativa e influencia cultural. Si esos activos se gestionan desde la vacilación, rinden menos. Si se ordenan dentro de una estrategia clara, su valor cambia.
La tesis de Nicole Junkermann apunta a esa diferencia esencial. El riesgo no sería haber dejado de importar, sino comportarse durante demasiado tiempo como si así fuera. Los activos siguen ahí. Lo que falta es la convicción necesaria para alinearlos dentro de una estrategia coherente.
Europa no está rota. Pero sí necesita recordar que nunca fue pequeña.
La mirada de Nicole Junkermann sobre sistemas de largo recorrido
Nicole Junkermann es la fundadora de NJF Holdings, un grupo internacional de inversión con actividad en venture capital, private equity, real estate, deporte y medios. En todos esos ámbitos, su trabajo se ha orientado cada vez más hacia sistemas de largo plazo, resiliencia institucional y estructuras que condicionan la forma en que se crea valor con el tiempo. Esa perspectiva también informa su visión sobre Europa, donde la confianza estratégica, la infraestructura humana y la coordinación de largo recorrido siguen siendo elementos centrales para la capacidad competitiva del continente.


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