Cuando siento que en mi pecho hay odio, lo primero que se me asoma a la cara es una sonrisa arrugada como un papel viejo a punto de romperse.
Para escapar de este sentimiento, me hundo en algo salvaje que me redima: el agua de un río, la sombra de un frondoso árbol, el abrazo sexual de mi buen amado, o simplemente, me envuelvo en la fuerza incontenible de un animal agreste.
Me quito como sea toda la mala rumia. Esparzo en los senderos los pensamientos inicuos y pesimistas.
La estrecha racionalidad y sus artífices a menudo son fuentes de maldad. Pero permitiendo que su juicio pierda la batalla, dejo entrar a la humildad que siempre va de perdedora y la motivo a que me devuelva un sentimiento pacificador que no piense y me redima.
Me impongo este decreto: “Dale la vuelta a todo”. Entonces, me voy caminando hacia atrás, acariciando el secreto de las dulces nubes plomizas, los grises otoñales, o el sol reverberante.
Y como un milagro sacado de la nada, vuelvo a perderme en la caja de cristal de una niñez con motas de algodón de azúcar en la boca, con sabor a turrón o caramelo.
Luz Estela Londoño Cardona.